Después de una pérdida, durante algún tiempo parece que toda nuestra atención se dirige hacia aquello que ya no está. Con los años he aprendido que reconstruir la vida no consiste en dejar atrás lo vivido, sino también en aprender a reconocer aquello que, a pesar de todo, permanece.
Una pérdida puede cambiar muchas cosas al mismo tiempo.
Puede cambiar nuestros planes, nuestras rutinas, algunas relaciones y hasta la manera en que imaginábamos el futuro. Hay pérdidas que llegan de manera repentina y otras que se van anunciando poco a poco: una persona, una relación, la salud, un trabajo, un proyecto o una etapa de nuestra vida.
Cada una tiene su propia historia. Y cada persona encuentra una manera distinta de atravesarla.
Sin embargo, algo que he observado en mi propia experiencia es que, al principio, resulta mucho más sencillo reconocer lo que perdimos que descubrir lo que todavía tenemos.
Al principio, la ausencia ocupa casi todo el espacio
Cuando algo importante cambia, nuestra mirada se concentra naturalmente en aquello que falta.
Recordamos lo que hacíamos antes. Pensamos en los planes que ya no serán como los imaginábamos. Volvemos una y otra vez a determinadas conversaciones, decisiones o momentos.
No creo que exista nada extraño en ello.
Toas las experiencias que necesitan tiempo para encontrar un lugar dentro de nuestra historia.
Por eso tampoco creo demasiado en la idea de que después de una pérdida simplemente debemos “dar vuelta a la página”. Algunas páginas no se dan vuelta de esa manera. Forman parte de nosotros y continuarán haciéndolo.
Lo que sí puede cambiar, poco a poco, es nuestra manera de leerlas.
Con el tiempo empezamos a ver también lo que permanece
Hubo un momento en mi propia historia en el que comencé a comprender que concentrarme únicamente en aquello que había perdido me impedía reconocer todo lo que seguía estando presente.
El amor no había desaparecido. Mi familia seguía ahí.
También permanecían los valores que había aprendido, la fe, los recuerdos, las personas que decidieron caminar cerca y muchas razones para continuar construyendo una vida que necesariamente sería distinta, pero que seguía teniendo valor.
Ese descubrimiento no ocurrió de un día para otro y tampoco significó que el dolor hubiera desaparecido.
Simplemente empecé a comprender que una pérdida puede cambiar profundamente nuestra historia sin borrar todo aquello que formó parte de ella.
Y esa diferencia terminó siendo importante para mí.
Reconstruir no significa reemplazar
La palabra reconstrucción puede resultar incómoda después de una pérdida.
A veces parece sugerir que debemos sustituir aquello que desapareció o construir algo completamente nuevo como si nada hubiera ocurrido.
Yo no la entiendo así.
Reconstruir significa aprender a vivir incorporando a nuestra historia aquello que cambió.
No se trata de reemplazar a una persona, una relación, un sueño o una etapa. Tampoco de olvidar lo vivido para poder continuar. Se trata de encontrar una nueva manera de relacionarnos con nuestra propia historia.
Siempre habrá recuerdos y aprendizajes que permanecen. Hay valores que cobran incluso mayor importancia. Y hay relaciones que, después de atravesar una dificultad, descubrimos con una profundidad que antes no conocíamos.
Continuar viviendo no significa traicionar lo que perdimos. Puede significar precisamente reconocer cuánto de aquello sigue formando parte de quienes somos y sobre todo, convirtiéndonos en la persona que estamos destinados a ser.
También nosotros cambiamos
Una de las cosas que más me ha hecho pensar con los años es que después de una pérdida no solamente cambia nuestro entorno.
También cambiamos nosotros.
Vemos el mundo con otros ojos y cambian algunas prioridades. Determinadas preocupaciones dejan de parecer tan importantes. Algunas conversaciones adquieren un significado distinto y comenzamos a valorar de otra manera algo tan sencillo como compartir tiempo con las personas que queremos.
No siempre nos damos cuenta mientras está ocurriendo. La transformación suele ser mucho más silenciosa.
A veces aparece en una decisión… a veces también en una conversación que antes habríamos evitado… o en la forma de escuchar a alguien… en la capacidad de agradecer algo cotidiano… o simplemente en la conciencia de que el tiempo que tenemos con las personas que amamos merece ser vivido de una forma más plena.
No creo que debamos agradecer una pérdida para reconocer que podemos aprender algo de lo vivido.
Son cosas distintas.
Hay experiencias que nunca hubiéramos elegido y que, sin embargo, terminan modificando nuestra manera de entender la vida. Hay cosas que van a suceder y que no dependen de nosotros.
Reconocer lo que permanece también es parte del camino
Hace unos días escribí en Siete24 una reflexión titulada Lo que permanece después de una pérdida.
La pregunta que planteaba ahí sigue acompañándome:
¿Qué permanece?
Pero quizá después venga otra pregunta.
¿Qué hacemos con aquello que permanece?
Porque conservar un recuerdo es importante, pero también podemos preguntarnos qué hacemos con lo que aprendimos.
Podemos reconocer los valores que recibimos y decidir vivirlos con mayor conciencia.
Podemos agradecer a las personas que siguen presentes.
Podemos cuidar mejor nuestras relaciones.
Podemos permitir que nuestra fe madure junto con nuestras preguntas.
Y podemos construir nuevos proyectos sin sentir que eso borra los anteriores.
Para mí, ahí comienza una parte importante de la reconstrucción.
No cuando dejamos de ver hacia atrás, sino cuando descubrimos que también podemos volver a ver hacia adelante.
Lo que dejamos atrás también puede seguir caminando con nosotros
Buena parte de estas reflexiones están relacionadas con el camino que dio origen a mi libro, Lo que dejas atrás.
El título podría parecer, a primera vista, una invitación a desprendernos de aquello que quedó en el pasado.
Para mí significa algo diferente.
Hay cosas que dejamos atrás porque la vida continúa.
Pero también hay amores, aprendizajes, valores y experiencias que incorporamos a nuestra manera de vivir y que continúan acompañándonos.
También tiene el significado que una persona que ha trascendido provoca cambios significativos en nuestra forma de ver el mundo e incorporar su ausencia física con un acompañamiento espiritual permanente.
Quizá reconstruir la vida después de una pérdida tenga mucho que ver con eso.
Con aprender a distinguir entre aquello que ya no podemos recuperar y aquello que todavía podemos honrar, cuidar, agradecer y compartir.
No tengo una fórmula para hacerlo, y estoy seguro y convencido que cada persona tendrá que encontrar su propio camino.
Pero hay una pregunta que todavía me parece un buen punto de partida:
De todo lo que la vida cambió, ¿qué sigue estando presente en ti?
Tal vez ahí exista algo desde donde comenzar.