Hay experiencias que cambian nuestra manera de mirar a las personas que amamos. Después de una pérdida podemos volvernos más conscientes del tiempo, de las conversaciones que dejamos pendientes y de esas pequeñas expresiones de cariño que muchas veces damos por sentadas. El reto, al menos para mí, ha sido aprender de esa conciencia sin convertirla en miedo.
Amar mejor después de una pérdida no significa vivir pensando que algo malo puede ocurrir en cualquier momento.
Tampoco significa intentar aprovechar cada segundo como si todas nuestras relaciones tuvieran que convertirse en experiencias extraordinarias.
Creo que tiene mucho más que ver con estar presentes.
Con prestar atención.
Con decir algunas cosas mientras todavía podemos decirlas y comprender que las personas importantes de nuestra vida no necesitan que las amemos perfectamente, sino de una manera cada vez más consciente.
Tres reflexiones para llevar contigo
Amar con mayor conciencia no significa vivir con miedo a perder. Podemos valorar más profundamente a quienes están con nosotros sin convertir cada despedida en una preocupación por lo que podría suceder.
Las relaciones importantes también necesitan palabras. Podemos asumir que alguien sabe cuánto lo queremos, pero agradecer, reconocer, pedir perdón o expresar cariño sigue teniendo un valor propio.
Lo aprendido después de una pérdida puede transformar la manera en que vivimos el presente. No porque la pérdida haya sido necesaria para enseñarnos algo, sino porque podemos decidir qué hacemos ahora con aquello que comprendimos a partir de ella.
La ausencia puede cambiar nuestra manera de ver lo cotidiano
Hace unos días escribí en Siete24 sobre cómo la ausencia puede enseñarnos a amar mejor.
Mientras pensaba en esa reflexión regresé varias veces a algo aparentemente sencillo: muchas de las cosas que más extrañamos después de una pérdida fueron completamente cotidianas mientras las teníamos.
Puede ser una conversación, una llamada, sentarnos juntos a comer, una frase que escuchábamos con frecuencia, una manera particular de reír.
Nada parecía extraordinario mientras formaba parte de nuestra rutina. Después comprendemos que muchas veces la vida importante estaba ocurriendo precisamente ahí.
Eso no debería llevarnos a vivir temiendo que todo pueda terminar. Quizá debería ayudarnos simplemente a mirar mejor aquello que está ocurriendo hoy.
En mi columna de esta semana en siete24.mx, La ausencia también puede enseñarnos a amar mejor, donde precisamente reflexioné sobre como la ausencia nos ayuda a valorar lo que si tenemos.
Estar presentes no significa convertir todo en algo extraordinario
A veces escuchamos que debemos “vivir cada día como si fuera el último”.
Entiendo la intención de la frase, pero nunca me ha parecido una manera completamente realista de vivir.
Tenemos responsabilidades, preocupaciones, días rutinarios, cansancio y conversaciones que no siempre son profundas. La vida también está formada por todas esas cosas.
No necesitamos transformar cada comida familiar en un acontecimiento inolvidable.
Quizá basta con estar realmente ahí.
Dejar por un momento el teléfono.
Escuchar.
Preguntar cómo está alguien y esperar genuinamente la respuesta.
Compartir una conversación sin sentir que siempre tenemos que estar haciendo otra cosa al mismo tiempo.
Estar presentes con quienes amamos también es una manera de cuidar nuestros vínculos.
Y esa presencia puede parecer sencilla, pero con el tiempo adquiere mucho significado.
Hay palabras que no conviene dejar siempre para después
En muchas relaciones importantes existe algo que damos por hecho.
Sabemos que queremos a alguien.
Y pensamos que esa persona también lo sabe.
Probablemente sea cierto.
Pero decirlo sigue teniendo valor.
Lo mismo ocurre con el agradecimiento.
Hay personas que han hecho cosas importantes por nosotros y quizá nunca les hemos explicado exactamente cuánto significaron.
Un padre.
Una madre.
Nuestra pareja.
Un amigo.
Alguien que estuvo cerca durante un momento complicado.
No necesitamos esperar una ocasión especial para decirlo.
Con el tiempo he aprendido que algunas conversaciones importantes merecen dejar de vivir solamente dentro de nuestra cabeza.
También podemos aprender a resolver antes algunas diferencias

Amar mejor no significa evitar los conflictos.
Las relaciones humanas tienen desacuerdos, tensiones, errores, palabras dichas en un mal momento y situaciones que requieren tiempo para acomodarse.
No creo en las relaciones perfectas, pero sí creo que algunas experiencias pueden ayudarnos a preguntarnos cuánto tiempo queremos cargar determinadas diferencias.
Hay conversaciones que necesitan esperar, hay heridas que requieren distancia, y también existen discusiones que con los años descubrimos que tenían mucho menos peso del que les habíamos dado.
No siempre podremos reconciliarnos. Tampoco tenemos que permanecer dentro de relaciones que nos hacen daño. Pero cuando existe amor, respeto y posibilidad de diálogo, quizá valga la pena preguntarnos si hay algo que todavía podemos hablar.
Cuidar una relación también puede significar atrevernos a reparar aquello que todavía tiene posibilidad de repararse.
Amar mejor después de una pérdida tampoco significa tolerarlo todo
Esta distinción me parece importante.
Cuando hablamos de valorar a quienes amamos después de una pérdida, podría parecer que debemos conservar todas nuestras relaciones a cualquier costo.
No lo creo.
Amar también puede requerir límites.
Hay relaciones que necesitan cambiar.
Situaciones frente a las que debemos aprender a decir que no.
Personas que pueden ser importantes para nosotros y, aun así, necesitar una distancia distinta.
Reconocer el valor del tiempo no significa renunciar a nuestro bienestar.
También necesitamos aprender a construir relaciones en las que el cariño pueda convivir con el respeto, los límites y la dignidad de cada persona.
A veces cuidar un vínculo significa acercarnos.
Y otras veces significa encontrar una manera más saludable de relacionarnos.
Las personas que amamos también cambian
Existe otra razón por la que necesitamos prestar atención.
Las personas no permanecen iguales.
Nuestros hijos crecen.
Nuestros padres envejecen.
Los amigos atraviesan nuevas etapas.
Nuestra pareja cambia.
Y nosotros también.
Podemos llevar tantos años con alguien que comenzamos a pensar que ya sabemos todo lo que siente, necesita o piensa.
Pero quizá seguimos relacionándonos con una versión anterior de esa persona.
Escuchar nuevamente puede convertirse en una forma de amor.
Preguntar:
“¿Cómo estás realmente?”
“¿Qué te preocupa ahora?”
“¿Qué estás viviendo?”
A veces creemos conocer profundamente a alguien y descubrimos que hacía mucho tiempo que no hacíamos una pregunta nueva.
La gratitud también puede expresarse mientras estamos juntos
Después de ciertas experiencias comenzamos a recordar con gratitud cosas que quizá nunca mencionamos mientras ocurrían.
Por eso he intentado aprender a agradecer más en presente.
No solamente agradecer grandes acontecimientos.
También reconocer pequeños gestos.
“Gracias por estar.”
“Gracias por lo que hiciste.”
“Gracias por haberme acompañado.”
En el artículo sobre los amigos que deciden quedarse cuando la vida cambia reflexioné precisamente sobre esas personas cuya presencia adquiere otro significado cuando atravesamos una etapa difícil.
Muchas veces ellas ni siquiera saben cuánto ayudaron.
Decirlo también puede ser una manera de cuidar la relación.
La familia no necesita ser perfecta para ser importante
Cuando pensamos en lo que queremos conservar de nuestra historia familiar, existe el riesgo de idealizar.
Ninguna familia es perfecta.
Hay errores.
Tensiones.
Momentos en los que no supimos escucharnos.
Decisiones que quizá hoy tomaríamos de otra manera.
Yo mismo he aprendido a mirar mi historia familiar reconociendo tanto aquello que recibí como aquello que necesitaba transformar.
En Valores familiares en momentos difíciles: lo que aprendí cuando la vida cambió hablaba precisamente de esto: llegado cierto momento dejamos de ser solamente receptores de aquello que aprendimos y comenzamos a decidir qué queremos conservar y qué deseamos vivir de otra manera.
Amar a nuestra familia también significa reconocer su humanidad sin dejar de valorar aquello bueno que recibimos de ella.
No necesitamos idealizar para agradecer.
Lo aprendido también puede convertirse en una decisión
Hay una diferencia que para mí resulta fundamental.
No creo que necesitemos decir que una pérdida ocurrió “para enseñarnos” a valorar la vida.
Eso puede terminar justificando algo que nunca habríamos elegido.
Pero después de que algo ocurrió sí podemos preguntarnos qué hacemos nosotros con aquello que ahora sabemos.
Yo no puedo cambiar el pasado.
Pero puedo decidir llamar.
Escuchar.
Agradecer.
Pedir perdón cuando corresponde.
Cuidar ciertas relaciones.
Dedicar tiempo a quienes considero importantes.
Transformar lo vivido también significa decidir de qué manera queremos relacionarnos con quienes siguen caminando a nuestro lado.
Ahí vuelve a aparecer para mí una pregunta que ha acompañado buena parte de mi camino:
¿Para qué?
No para explicar la pérdida.
Sino para decidir qué puedo hacer ahora con lo que aprendí.
La fe también puede enseñarnos a agradecer el presente
Mi fe ha formado parte de esta manera de mirar las relaciones.
No como una explicación de por qué ciertas personas permanecen y otras ya no están.
Hay preguntas para las que sigo sin tener respuesta.
Pero sí me ayuda a mirar con gratitud aquello que hoy tengo.
Mi familia.
Las amistades.
Las personas que aparecen en distintas etapas.
La oportunidad de seguir compartiendo.
La fe puede ayudarnos a agradecer a quienes siguen presentes sin negar el dolor de quienes ya no están.
La memoria y la gratitud por el presente no necesitan competir.
Podemos vivir ambas.
Amar a quienes ya no están y a quienes siguen aquí
También he comprendido que el amor no desaparece simplemente porque una persona ya no esté físicamente con nosotros.
Cambia.
Puede convertirse en recuerdo.
En agradecimiento.
En una manera de vivir.
En decisiones que tomamos porque alguien dejó algo importante dentro de nuestra historia.
Muchas de las reflexiones que forman parte de Lo que dejas atrás nacen precisamente de esta idea: las personas también permanecen en aquello que sembraron en nosotros.
Pero recordar a quienes ya no están no debería impedirnos mirar a quienes todavía podemos abrazar.
Quizá ambas cosas puedan ayudarnos a amar mejor.
No quiero vivir desde el miedo
Hay algo que considero especialmente importante después de haber atravesado una pérdida.
No quiero que la conciencia de que la vida puede cambiar termine convirtiéndome en alguien que vive esperando que algo malo vuelva a ocurrir.
Eso no sería vivir.
No podemos controlar todas las circunstancias.
Tampoco podemos proteger completamente a quienes amamos.
Podemos cuidarlos.
Estar cerca.
Tomar decisiones responsables.
Pero también necesitamos aprender a confiar.
A disfrutar.
A dejar que las personas que queremos vivan.
A permitirnos vivir nosotros.
Valorar la vida no significa vivir temiendo perderla, sino aprender a estar más presentes dentro de ella.
Para mí, esa diferencia es enorme.
Amar mejor mientras todavía podemos hacerlo
Quizá nunca aprendamos a amar perfectamente.
Seguiremos equivocándonos.
Tendremos días en los que no escuchemos como deberíamos.
Dejaremos alguna llamada para mañana.
Nos molestaremos por cosas que después parecerán pequeñas.
Somos humanos.
Pero también podemos vivir un poco más conscientes.
Podemos decir gracias.
Expresar cariño.
Resolver alguna conversación pendiente.
Preguntar.
Escuchar.
Dar espacio.
Estar.
Tal vez amar mejor después de una pérdida no signifique convertirnos de pronto en personas distintas.
Quizá significa prestar un poco más de atención a aquello que siempre estuvo frente a nosotros.
No por miedo a perderlo.
Sino por gratitud de todavía poder compartirlo.
Y quizá podamos terminar haciéndonos una pregunta muy sencilla:
¿Hay alguien a quien puedas hacerle saber hoy que su presencia es importante para ti?









