Cómo mantener la esperanza en momentos difíciles sin exigirnos estar bien

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Hay días en los que hablar de esperanza puede resultar sencillo y otros en los que incluso la palabra parece demasiado grande. Cuando estamos atravesando una pérdida, una enfermedad, una crisis familiar o cualquier situación que modifica profundamente nuestra vida, quizá no necesitamos sentirnos optimistas. A veces necesitamos algo mucho más pequeño: encontrar una razón suficiente para atravesar el día que tenemos enfrente.

Con el tiempo he aprendido que mantener la esperanza en momentos difíciles no significa convencernos de que todo va a salir como queremos.

Tampoco significa negar aquello que sentimos o apresurarnos a encontrar el lado positivo de una experiencia que quizá todavía no comprendemos. La esperanza puede convivir con el cansancio, la tristeza, las preguntas y la incertidumbre. Y quizá precisamente ahí adquiere un significado más profundo.

Esta semana publiqué mi columna en Siete24.mx, hablando de este tema: La esperanza no siempre grita: a veces apenas sostiene y hoy desarrollo en este artículo un poco mas de esto desde un punto de vista mas personal.

Tres reflexiones para llevar contigo

La esperanza no exige que estemos bien todos los días. Podemos sentir tristeza, miedo o cansancio y seguir conservando una pequeña razón para continuar. Una emoción difícil no significa que hayamos perdido la esperanza.

No necesitamos ver todo el camino para dar el siguiente paso. Algunas etapas de la vida se atraviesan mejor concentrándonos en aquello que podemos hacer hoy, sin exigirnos saber inmediatamente cómo resolveremos todo lo que viene después.

También podemos recibir esperanza de otras personas. Hay momentos en los que nuestra propia fuerza parece insuficiente y la presencia de alguien cercano, nuestra familia, una amistad o nuestra fe puede ayudarnos a sostener aquello que todavía no podemos sostener solos.

La esperanza no es lo mismo que pensar positivo

Durante mucho tiempo hemos relacionado la esperanza con una actitud positiva. Pensar que las cosas saldrán bien. Buscar rápidamente aquello bueno dentro de una situación. Mantenernos fuertes.

Son ideas que pueden resultar útiles en algunos momentos, pero también pueden convertirse en una presión innecesaria cuando estamos viviendo algo que realmente duele.

Hay experiencias frente a las que no necesitamos encontrar inmediatamente una enseñanza ni convencernos de que todo tiene un lado positivo.

Podemos reconocer que algo es difícil.

Podemos sentir tristeza.

Podemos decir que no sabemos qué va a pasar.

Y aun así conservar esperanza.

Para mí, la esperanza puede existir incluso cuando todavía no tenemos respuestas y no porque conozcamos el final de la historia, sino porque todavía existe un siguiente paso.

Hay días en los que la esperanza puede ser muy pequeña

No todas las etapas de nuestra vida requieren grandes decisiones.

Hay momentos en los que levantarnos, cumplir con alguna responsabilidad, comer, descansar o simplemente atravesar el día puede representar un esfuerzo importante.

Y eso también cuenta.

A veces queremos medir nuestro avance comparándonos con la persona que éramos antes de aquello que ocurrió. Esperamos recuperar rápidamente nuestro ritmo, nuestras ganas o nuestra capacidad para concentrarnos.

Pero quizá necesitamos otra medida.

Preguntarnos: ¿Qué puedo hacer hoy?

No dentro de seis meses.

No cuando todo esté resuelto.

Hoy.

Cuidar nuestro bienestar emocional también implica permitirnos avanzar a un ritmo diferente cuando la vida lo necesita.

Hay días para avanzar mucho. Y hay días para simplemente no detenernos por completo.

Ambos forman parte del camino.

No tenemos que obligarnos a encontrar algo bueno en todo

Esta idea me parece especialmente importante.

Cuando atravesamos una experiencia difícil, en ocasiones sentimos que debemos descubrir rápidamente qué nos está enseñando.

Como si encontrar una enseñanza fuera una manera de demostrar que estamos manejando bien aquello que ocurrió.

Yo no lo veo así.

Hay cosas que nunca habríamos elegido.

Pérdidas que habríamos preferido no experimentar.

Situaciones que no necesitan convertirse en “algo bueno” para que podamos seguir viviendo después de ellas.

Buscar sentido es diferente a justificar el dolor. Podemos preguntarnos qué hacemos a partir de una experiencia sin afirmar que necesitábamos vivirla para aprender algo.

Esa diferencia ha sido muy importante para mí.

Encontrar sentido no significa convertir el dolor en una explicación necesaria. Significa reconocer que, frente a aquello que ya no podemos cambiar, todavía podemos decidir cómo queremos vivir.

A veces necesitamos reducir el horizonte

Cuando estamos preocupados por el futuro, nuestra mente puede intentar resolver demasiadas cosas al mismo tiempo.

Qué va a pasar.

Cómo vamos a hacerlo.

Cuánto tiempo durará.

Qué cambiará.

Qué ocurrirá con nuestra familia.

Y sin darnos cuenta comenzamos a vivir también todos los problemas que todavía ni siquiera han ocurrido.

En esos momentos, reducir el horizonte puede ayudarnos.

No significa ignorar responsabilidades.

Significa concentrarnos en aquello que realmente está frente a nosotros.

Hay una pregunta que puede ser mucho más amable:

¿Qué necesito para atravesar este día?

Quizá mañana tengamos que responder otra cosa.

Pero hoy podemos empezar ahí. Y es por eso, que en estos momentos principalmente, se vive un día a la vez.

Mantener la esperanza en momentos difíciles

También podemos permitir que alguien nos sostenga

Hay momentos en los que nosotros somos quienes acompañamos. Y otros en los que necesitamos dejarnos acompañar.

Eso no siempre resulta sencillo.

Podemos sentir que debemos ser fuertes por nuestra familia, evitar preocupar a los demás o resolver solos aquello que estamos viviendo.

Pero somos seres humanos.

Necesitamos vínculos, necesitamos tiempos.

En el artículo sobre los amigos que deciden quedarse cuando la vida cambia he reflexionado sobre esas personas cuya presencia adquiere un significado especial precisamente cuando nuestra vida deja de ser sencilla.

La esperanza algunas veces llega de esa manera.

A través de alguien que llama, que escucha., que aparece, que nos recuerda que seguimos siendo importantes incluso en un momento en el que nosotros mismos tenemos dificultades para verlo.

Por eso permitirnos recibir acompañamiento también puede formar parte de nuestra resiliencia emocional.

No tenemos que demostrar que podemos con todo.

La familia también puede sostener esperanza

En una familia no todos viven una situación difícil de la misma manera.

Una persona puede necesitar hablar constantemente mientras otra procesa lo ocurrido con mayor silencio.

Alguien puede recuperar ciertas actividades rápidamente y otra persona necesitar más tiempo.

Eso puede generar tensiones si esperamos que todos reaccionen igual.

Pero también puede convertirse en una oportunidad para acompañarnos desde nuestras diferencias.

La familia puede ser un lugar donde no tengamos que fingir que estamos bien para seguir sintiéndonos acompañados.

Yo pienso que esto es precisamente, uno de los regalos más importantes que podemos ofrecernos: permiso para sentir de manera distinta sin dejar de estar cerca.

La fe no siempre responde, pero puede acompañar

Para mí, la esperanza está profundamente relacionada con la fe.

Pero mi manera de comprender ambas también ha cambiado.

Hoy no necesito que la fe me garantice que todo sucederá como quiero.

Tampoco necesito utilizarla para explicar aquello que no comprendo.

En mi artículo de Vivir la fe en momentos difíciles: aprender a preguntar sin dejar de confiar he compartido precisamente esa idea: una fe madura también puede convivir con preguntas.

La fe puede ofrecernos un lugar desde donde seguir caminando mientras las respuestas todavía no aparecen.

Puede ayudarnos a confiar.

A esperar.

A reconocer que existen cosas que no controlamos.

Y a seguir preguntándonos:

¿Para qué?

No para justificar lo ocurrido.

Sino para decidir qué queremos hacer con aquello que todavía podemos elegir.

Volver a disfrutar también puede ser esperanza

Hay otro momento que puede resultar extraño después de una etapa difícil.

Volvemos a reír; disfrutar una comida; que nos entusiasme algún proyecto; tener un día tranquilo….

Y quizá aparece cierta culpa.

¿Cómo puedo sentirme bien cuando todavía hay algo que duele?

Pero la alegría no borra la historia.

Un momento bueno tampoco invalida aquello que vivimos.

Permitirnos disfrutar nuevamente puede ser una señal de que nuestra vida comienza a recuperar espacio.

No necesitamos escoger entre recordar y vivir.

Podemos hacer ambas cosas.

Y quizá aprender a vivir con aquello que cambió también significa permitir que la esperanza vuelva a ocupar un lugar en nuestra vida.

La esperanza también necesita cuidado

La esperanza no siempre aparece automáticamente. Hay momentos en los que necesitamos cuidarla.

Eso puede significar descansar; buscar una conversación; alejarnos por un momento de aquello que nos está saturando; retomar alguna actividad que nos hace bien; pedir ayuda profesional si sentimos que aquello que vivimos está rebasando nuestras posibilidades.; cuidar nuestra salud; volver a conectar con nuestra fe; o simplemente reconocer que estamos cansados.

La esperanza tampoco necesita sostenerse únicamente con nuestra fuerza.

Puede apoyarse en recursos, personas y espacios que nos ayuden a recuperar equilibrio.

Tal vez hoy sea suficiente

Con los años he aprendido que algunas de las preguntas que más nos ayudan son también las más sencillas.

No necesito saber hoy cómo será toda mi vida.

No necesito resolver de inmediato cada pregunta.

No necesito sentirme bien para demostrar que estoy avanzando.

Quizá hoy sea suficiente con reconocer aquello que tengo enfrente.

Las personas que siguen conmigo.

La posibilidad de hacer algo bueno.

Una responsabilidad.

Una conversación.

Mi fe.

La oportunidad de comenzar otra vez mañana.

Muchas de las reflexiones que comparto en mi libro Lo que dejas atrás nacen también de esta manera de ver la vida: no negar aquello que cambió, sino descubrir qué podemos hacer con la vida que todavía tenemos.

Tal vez mantener la esperanza en momentos difíciles no signifique sentir una enorme certeza sobre el futuro.

Quizá algunas veces solamente significa poder decir:

Hoy todavía hay algo que me sostiene.

Y por ahora, eso puede ser suficiente.

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