Cómo acompañar a alguien en un momento difícil sin intentar resolver lo que vive

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Cuando alguien que queremos atraviesa un momento difícil, nuestro primer impulso suele ser hacer algo. Queremos ayudar, encontrar una solución, decir las palabras correctas o aliviar de alguna manera aquello que está viviendo. Con el tiempo he aprendido que acompañar puede exigir algo mucho más sencillo de decir y bastante más difícil de practicar: estar cerca sin pretender dirigir el camino del otro.

Cómo acompañar a alguien en un momento difícil no tiene una respuesta única. Cada persona es distinta y cada pérdida, enfermedad, separación, crisis o situación inesperada se vive de una manera particular. Incluso dos personas que atraviesan una experiencia similar pueden necesitar cosas completamente diferentes.

Por eso acompañar no debería convertirse en una fórmula ni en una búsqueda permanente de las palabras correctas. Quizá tenga mucho más que ver con aprender a mirar a la persona que tenemos enfrente, escuchar lo que está viviendo y preguntarnos qué necesita realmente de nosotros en ese momento.

Tres reflexiones para llevar contigo

  1. Escuchar puede ser mucho más importante que encontrar una respuesta. No todas las conversaciones necesitan terminar con una solución. Algunas simplemente necesitan un espacio seguro donde alguien pueda expresar lo que está viviendo sin sentirse juzgado ni apresurado.
  2. Acompañar requiere respetar que el proceso pertenece al otro. Nuestra propia experiencia puede ayudarnos a comprender, pero nunca será exactamente la misma. Sus tiempos, emociones, preguntas y necesidades también serán diferentes.
  3. Saber acompañar implica reconocer nuestros límites. Hay momentos en los que nuestra presencia puede ser muy valiosa y otros en los que la mejor manera de ayudar será acercar a la persona a alguien preparado profesionalmente para acompañarla.

Esta última idea me parece especialmente importante: acompañar no significa asumir que tenemos que poder con todo.

Cómo acompañar a alguien en un momento difícil: empezar por escuchar

Escuchar parece sencillo porque todos participamos diariamente en conversaciones. Sin embargo, escuchar verdaderamente requiere algo distinto. Muchas veces, mientras la otra persona habla, nosotros ya estamos preparando la respuesta, pensando en el consejo que podríamos darle o recordando alguna experiencia parecida que vivimos.

Sin darnos cuenta, dejamos de escuchar para comenzar a resolver. Y cuando alguien atraviesa un momento difícil, quizá necesitemos hacer justamente lo contrario: escuchar para comprender, no para corregir; escuchar sin decidir si debería o no sentirse de determinada manera.

En la columna que publiqué en Siete24, El valor de acompañar sin querer arreglar el dolor, reflexionaba precisamente sobre esto. Hay experiencias para las que no existe una solución inmediata y momentos en los que una presencia capaz de permanecer puede resultar mucho más valiosa que cualquier explicación.

Eso no significa quedarnos pasivos. Significa comprender que acompañar también significa respetar el proceso del otro, y que ese respeto muchas veces comienza dejando suficiente espacio para que pueda decir lo que necesita decir.

Nuestra historia no es la historia del otro

Con frecuencia intentamos acercarnos compartiendo nuestra propia experiencia. Decimos que hemos pasado por algo parecido o que comprendemos perfectamente lo que la otra persona siente. La intención suele ser buena: queremos hacerle saber que no está sola.

Nuestra experiencia puede ayudarnos a desarrollar empatía e incluso puede resultar útil en determinadas conversaciones. El problema comienza cuando nuestra historia ocupa demasiado espacio y, casi sin querer, terminamos utilizando nuestra manera de vivir una experiencia como referencia para explicar la del otro.

Dos hermanos pueden vivir de manera completamente distinta la pérdida de un mismo padre. Dos personas pueden atravesar una separación, una enfermedad o una pérdida laboral y necesitar tiempos muy diferentes para reorganizar su vida.

Por eso he aprendido que a veces resulta mucho más honesto decir: “No sé exactamente cómo te sientes, pero estoy aquí para escucharte”. Esa frase no pretende saber demasiado. Deja espacio para que la otra persona pueda ser protagonista de su propia historia.

Preguntar puede ser mejor que asumir

Cuando queremos ayudar solemos anticiparnos. Llamamos, visitamos, llevamos comida, damos consejos, buscamos distraer o proponemos alguna actividad. Todas esas acciones pueden ser valiosas, pero no necesariamente responden a lo que la persona necesita en ese momento.

Preguntar puede cambiar por completo nuestra manera de acompañar. Un sencillo “¿qué necesitas hoy?”, “¿quieres hablar?” o “¿hay algo concreto en lo que pueda ayudarte?” reconoce que la otra persona continúa teniendo capacidad para decidir qué necesita y cómo quiere vivir ese momento.

Quizá hoy necesite hablar y mañana prefiera estar sola. Puede agradecer una visita durante una semana y necesitar más espacio la siguiente. Nada de eso significa que esté haciendo mal su proceso; significa simplemente que las necesidades también cambian.

Cuando alguien está tratando de aprender a vivir con una pérdida, conservar la posibilidad de decidir sobre sus propios tiempos, espacios y necesidades puede ser mucho más importante de lo que imaginamos.

Acompañamiento emocional

El silencio también puede acompañar

Vivimos rodeados de palabras y probablemente por eso el silencio llega a incomodarnos tanto. Cuando una conversación se queda sin ellas, sentimos la necesidad de llenar el espacio, incluso cuando no tenemos demasiado que decir.

Pero existen momentos en los que ninguna frase puede mejorar lo sucedido. Reconocerlo no significa que hayamos fallado. Tal vez sentarnos cerca, tomar una mano, dar un abrazo, caminar juntos o simplemente compartir el mismo espacio sea suficiente.

La compañía no siempre necesita una conversación profunda. Lo he pensado también al reconocer a los amigos que deciden quedarse cuando la vida cambia. De muchos de esos momentos no recuerdo exactamente las palabras que alguien pronunció; recuerdo, en cambio, que estuvo ahí.

Y algunas presencias terminan permaneciendo en nuestra memoria precisamente porque nunca intentaron obligarnos a hablar, explicar lo que sentíamos o aparentar que estábamos mejor.

Cuidar también las palabras que utilizamos

Hay expresiones que repetimos porque las hemos escuchado durante toda nuestra vida: “tienes que ser fuerte”, “échale ganas”, “todo pasa por algo”, “el tiempo lo cura” o ese frecuente “por lo menos…” con el que intentamos encontrar rápidamente algo positivo.

Casi siempre nacen de una buena intención. Queremos ofrecer esperanza, tranquilizar o disminuir un poco el peso de aquello que la otra persona está viviendo. Sin embargo, algunas frases pueden producir exactamente el efecto contrario.

“Tienes que ser fuerte” puede hacer sentir que llorar es una señal de debilidad. “Por lo menos…” puede minimizar una pérdida. “Todo pasa por algo” puede intentar ofrecer una explicación cuando la otra persona todavía está tratando simplemente de entender qué ocurrió.

No creo que necesitemos construir una lista de frases prohibidas. Me parece más útil preguntarnos: ¿estoy diciendo esto porque la otra persona lo necesita o porque yo necesito sentir que dije algo?

A veces “no sé qué decirte, pero estoy aquí” puede ser mucho más cercano que cualquier intento de explicar aquello que no tiene una explicación sencilla.

Estar disponibles sin invadir

También podemos equivocarnos pensando que acompañar significa estar permanentemente encima de alguien. Preguntar todos los días cómo está, insistir para que salga, obligarlo a hablar o decirle constantemente que necesita distraerse puede convertirse, aun sin intención, en otra forma de presión.

Hay personas que necesitan conversar mucho y otras que procesan ciertos momentos con mayor silencio. Algunas buscan compañía constantemente durante un tiempo y después necesitan recuperar espacios de soledad.

Por eso acompañar requiere cierta sensibilidad para estar disponibles sin exigir que nuestra ayuda sea aceptada exactamente como nosotros imaginamos. Podemos hacer saber a alguien que estamos ahí y demostrarlo con nuestros actos, sin convertir nuestra presencia en otra obligación.

Esa libertad también forma parte de reconstruirnos después de una crisis: descubrir poco a poco qué personas, espacios y formas de acompañamiento nos ayudan a recuperar equilibrio.

A veces ayudar consiste en algo muy concreto

Cuando pensamos en acompañamiento solemos imaginar conversaciones profundas, pero los momentos difíciles no detienen la vida cotidiana. Hay que comer, trabajar, llevar a los hijos a algún lugar, atender la casa, resolver trámites y cumplir con responsabilidades que continúan aunque emocionalmente sintamos que todo se detuvo.

En esas circunstancias, una ayuda sencilla puede resultar extraordinariamente valiosa. Llevar algo de comer, acompañar a una cita, encargarse de una tarea pendiente o preguntar si hace falta algo del supermercado puede aliviar durante un momento alguna de las muchas cosas que esa persona está cargando.

No necesariamente tenemos que encontrar una gran manera de ayudar. A veces acompañar se vuelve profundamente humano precisamente cuando se vuelve concreto.

No somos responsables de sanar a nadie

Este probablemente sea uno de los límites más difíciles de comprender. Podemos amar profundamente a una persona, escucharla, estar disponibles y ayudarla de muchas maneras, pero no podemos vivir su proceso por ella.

Tampoco podemos convertirnos en responsables de que vuelva a estar bien. Hay experiencias que requieren tiempo, decisiones que solamente la otra persona puede tomar y procesos para los que nuestro cariño o nuestra buena voluntad simplemente no son suficientes.

Comprenderlo no significa volvernos indiferentes. Por el contrario, puede ayudarnos a acompañar desde un lugar más sano y respetuoso, entendiendo hasta dónde podemos llegar nosotros y cuándo resulta necesario sumar otro tipo de apoyo.

Porque cuidar el bienestar emocional también implica reconocer nuestros propios límites y aceptar que pedir ayuda adicional puede ser parte del cuidado.

Reconocer cuándo hace falta ayuda profesional

Sugerir terapia, acompañamiento psicológico, tanatológico, médico o alguna otra ayuda profesional todavía puede resultar difícil. A veces tememos que la persona interprete nuestra sugerencia como una manera de decir: “ya no sé qué hacer contigo”.

Podría significar exactamente lo contrario: “esto que estás viviendo importa lo suficiente como para que no tengas que enfrentarlo únicamente con las herramientas que nosotros tenemos”.

No todo momento difícil requiere atención profesional ni debemos convertir cualquier emoción dolorosa en un problema que necesariamente tenga que tratarse. La tristeza, el miedo, el enojo y la confusión forman parte de muchas experiencias humanas.

Pero también existen situaciones que rebasan nuestra capacidad para acompañar. Reconocerlo requiere humildad y, cuando tenemos una preocupación seria por el bienestar o la seguridad de alguien, buscar ayuda profesional puede convertirse en una forma responsable de cuidado.

Incluso entonces podemos seguir acompañando: ayudar a encontrar opciones, estar presentes durante ese primer paso o simplemente hacerle saber que pedir ayuda no significa que tendrá que recorrer el resto del camino sola.

Quien acompaña también necesita cuidarse

En esta conversación existe otra persona que con frecuencia dejamos fuera: quien está acompañando. Permanecer cerca durante una enfermedad, una pérdida, una crisis familiar o un proceso largo también puede producir cansancio, impotencia, preocupación e incluso culpa cuando sentimos que necesitamos descansar.

Por eso hay una idea que cada vez considero más importante: una persona sin bienestar no puede dar bienestar a nadie. Cuidarnos no significa abandonar a quien queremos; significa reconocer que nosotros también somos humanos y tenemos límites.

Dormir, atender nuestras propias emociones, hablar con alguien, mantener espacios personales o pedir ayuda cuando la necesitamos permite que nuestra presencia pueda sostenerse con mayor equilibrio.

El acompañamiento más saludable no nace del agotamiento permanente, sino de una presencia consciente. Y quizá por eso aprender a acompañar también forma parte de Lo que dejas atrás: nuestras experiencias terminan transformando no solamente lo que sentimos, sino también la manera en que decidimos estar presentes para otras personas.

Quizá acompañar sea aprender a estar

No creo que exista una manera perfecta de acompañar. Seguramente alguna vez diremos algo que no era necesario, preguntaremos cuando quizá convenía guardar silencio o permaneceremos callados cuando la otra persona necesitaba escucharnos.

Somos humanos y acompañar también se aprende. Lo importante quizá sea hacerlo desde una disposición diferente: escuchar antes de responder, no convertir nuestra historia en la del otro, preguntar antes de asumir y respetar los tiempos de quien tenemos enfrente.

También significa cuidar nuestras palabras, ofrecer ayuda concreta, reconocer nuestros límites y entender cuándo otra persona necesita un acompañamiento profesional que nosotros no podemos ofrecer.

Todo parte de algo bastante sencillo: mirar realmente a la persona que tenemos enfrente. No como alguien que necesita ser reparado, sino como alguien que está atravesando una experiencia que le pertenece y que quizá necesita saber que no tendrá que recorrerla completamente solo.

Tal vez la próxima vez que alguien que queremos esté viviendo un momento difícil podamos cambiar también nuestra pregunta.

En lugar de pensar:

“¿Qué puedo hacer para arreglar esto?”

podemos preguntarnos:

“¿Cómo puedo estar presente para esta persona hoy?”

Quizá no tengamos la respuesta perfecta.

Pero podemos comenzar escuchando.

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