Después de una pérdida puede llegar un momento inesperado: algo vuelve a hacernos reír, disfrutamos una comida, hacemos un plan o sentimos ilusión por un proyecto. Y junto con ese momento agradable puede aparecer una emoción difícil de explicar: culpa. Como si sentirnos bien significara que estamos dejando atrás aquello que fue importante.
Volver a disfrutar después de una pérdida es una experiencia mucho más compleja de lo que parece. No porque la alegría haya dejado de pertenecernos, sino porque nuestra relación con ella también puede haber cambiado después de aquello que vivimos.
Con el tiempo he comprendido que hacer espacio nuevamente para los momentos buenos no borra nuestra historia. Podemos extrañar y disfrutar, recordar y construir, sentir tristeza por una ausencia y seguir encontrando razones para vivir con plenitud.
Una cosa no cancela necesariamente a la otra.
Tres reflexiones para llevar contigo
Volver a disfrutar no significa que aquello que perdimos dejó de importarnos. La alegría no borra el amor, los recuerdos ni la importancia que una persona o una etapa tuvo en nuestra vida.
No necesitamos regresar exactamente a quienes éramos antes. Algunas experiencias nos transforman. Continuar no siempre significa recuperar nuestra antigua vida, sino aprender a construir desde la persona que somos ahora.
Podemos recordar y seguir viviendo al mismo tiempo. La memoria no tiene que competir con el presente. Podemos conservar aquello que fue importante y, al mismo tiempo, permitir que nuevas experiencias formen parte de nuestra historia.
Cuando un buen momento también puede generar culpa
Tal vez ocurra durante una reunión familiar. Nos sorprendemos riendo y, por unos segundos, nos sentimos completamente presentes. Después aparece un pensamiento: “¿Cómo puedo estar disfrutando si pasó todo aquello?”.
También puede ocurrir cuando hacemos un viaje, celebramos algo, volvemos a enamorarnos de algún proyecto o simplemente atravesamos un día tranquilo. Parecería que una parte de nosotros necesita pedir permiso para sentirse bien.
En mi columna de esta semana en Siete24 Volver a vivir no significa olvidar reflexioné precisamente sobre esa posibilidad: continuar viviendo no requiere borrar aquello que forma parte de nuestra historia.
Creo que en nuestro interior vamos a necesitar tiempo para comprenderlo.
La alegría no compite con el amor
A veces tratamos las emociones como si solamente pudiera existir una a la vez.
Si estoy contento, entonces parece que ya no debería estar triste. Si vuelvo a disfrutar, quizá significa que estoy olvidando. Si hago nuevos planes, podría parecer que aquello que perdí dejó de ser importante.
Pero nuestra vida emocional es mucho más compleja.
Podemos reír durante una conversación y unas horas después extrañar profundamente. Podemos disfrutar una celebración y sentir una ausencia dentro de ella. Podemos experimentar gratitud por lo que tenemos y tristeza por aquello que ya no está.
No existe necesariamente una contradicción.
Aprender a integrar la ausencia dentro de una vida que sigue cambiando puede significar precisamente permitir que emociones diferentes encuentren espacio sin obligarnos a escoger entre ellas.
No necesitamos demostrar nuestra lealtad permaneciendo tristes
Esta idea me parece particularmente importante.
En algunos momentos podemos sentir, consciente o inconscientemente, que dejar de sufrir significaría disminuir el valor de aquello que perdimos. Como si la intensidad del dolor fuera una forma de demostrar cuánto amamos.
Pero el amor no necesita esa demostración.
Aquello que alguien significó para nosotros no depende de cuántos días difíciles tengamos después de su ausencia. Su importancia tampoco desaparece porque volvamos a sonreír.
Podemos continuar queriendo, recordando y agradeciendo sin vivir permanentemente dentro de la tristeza.
La ausencia ya forma parte de nuestra historia.
Y no necesitamos convertir el dolor en la única manera de honrarla.
La vida que sigue no será exactamente la de antes
Una de las ideas que más me ha ayudado es dejar de pensar que el objetivo consiste en “volver a la normalidad”.
Después de ciertas experiencias, esa normalidad ya no existe.
Nuestra manera de pensar puede cambiar. También nuestras prioridades, algunas relaciones, lo que valoramos e incluso la forma en que utilizamos nuestro tiempo.
Por eso reconstruirnos no significa regresar exactamente a quienes éramos antes.
Puede significar conocernos nuevamente.
Descubrir qué sigue siendo importante.
Reconocer aquello que cambió.
Y comenzar a construir desde ahí.
En otro artículo he reflexionado sobre reconstruir la vida después de una pérdida. Cada vez creo más que reconstruir no consiste en sustituir una vida por otra, sino en integrar lo vivido dentro de aquello que todavía podemos construir.
Volver a disfrutar después de una pérdida también requiere práctica
Hay cosas que antes hacíamos naturalmente y que después de una pérdida pueden sentirse extrañas.
Salir.
Viajar.
Celebrar.
Escuchar cierta música.
Regresar a un lugar.
Incluso encontrarnos nuevamente con determinadas personas.
Al principio es muy probable que no disfrutemos esas experiencias de la misma manera. Tal vez aparezcan recuerdos, incomodidad o emociones inesperadas.
Eso no significa que estemos retrocediendo.
A veces necesitamos experimentar nuevamente esas situaciones para descubrir qué significado tienen ahora para nosotros.
No tenemos que obligarnos.
Pero tampoco necesitamos cerrar definitivamente todas las puertas porque alguna vez entrar por ellas dolió.
La familia también puede avanzar a diferentes velocidades
Dentro de una misma familia, las personas no necesariamente comienzan a disfrutar nuevamente al mismo tiempo.
Alguien puede querer regresar rápidamente a ciertas rutinas mientras otra persona todavía no está preparada. Una puede querer celebrar una fecha importante y otra preferir vivirla de una manera mucho más discreta.
Esas diferencias pueden producir tensión si interpretamos el comportamiento de los demás desde nuestra propia manera de sentir.

Por eso cada persona dentro de una familia puede necesitar un ritmo diferente para volver a vivir.
No deberíamos medir el amor por la velocidad con la que alguien recupera actividades ni utilizar nuestro propio proceso como referencia para decidir cómo debería avanzar otra persona.
Acompañarnos también significa respetar esas diferencias.
Construir algo nuevo no reemplaza lo que perdimos
Existe otro temor que puede aparecer cuando comenzamos nuevos proyectos. Parece que aquello nuevo pudiera ocupar el lugar de lo anterior. Pero nuestra vida no funciona necesariamente mediante sustituciones.
Un nuevo proyecto no borra uno que terminó, una nueva amistad no elimina las anteriores, una experiencia agradable no sustituye una ausencia.
Podemos abrir espacio para algo nuevo sin expulsar de nuestra historia aquello que fue importante.
De hecho, muchas veces las experiencias nuevas terminan incorporando algo que aprendimos previamente; y así lo vivido también participa, de alguna manera, en la persona que hoy toma nuevas decisiones.
Hace algún tiempo escribí también sobre nuestra capacidad de adaptarnos gracias a la neuroplasticidad, esa capacidad del cerebro para reorganizarse y generar nuevas conexiones a partir de nuestras experiencias y aprendizajes. Cuando conocí más sobre este tema me sorprendió y, de alguna manera, me ha ayudado a comprender mejor que adaptarnos a una realidad distinta no significa borrar lo vivido, sino aprender nuevas formas de relacionarnos con aquello que ahora forma parte de nuestra historia.
La esperanza tampoco nos pide olvidar
En otro artículo que escribí sobre cómo mantener la esperanza en momentos difíciles sin exigirnos estar bien.
Creo que aquí ocurre algo parecido, ya que la esperanza no necesita que dejemos de extrañar.
Puede comenzar simplemente cuando volvemos a imaginar que todavía existen experiencias que vale la pena vivir.
Quizá un viaje.
Un proyecto.
Una conversación.
Un objetivo que habíamos dejado guardado.
O simplemente la posibilidad de atravesar un día y sentir que hubo algo bueno dentro de él.
Eso también puede ser esperanza.
La fe puede mirar hacia atrás y hacia adelante
Para mí, la fe también ha formado parte de este proceso.
No como una obligación de dejar atrás lo vivido ni como una explicación para aquello que ocurrió. La he entendido más bien como una manera de seguir caminando dentro de una realidad que cambió.
Podemos agradecer una historia y seguir construyendo otra parte de ella. Podemos recordar a alguien con amor y permitirnos volver a sentir ilusión. Podemos conservar preguntas y, aun así, ver hacia adelante.
La fe puede ayudarnos a ver hacia adelante sin dejar de agradecer lo que permanece en nuestra historia. Y desde ella, también agradecer que seguimos teniendo la oportunidad de avanzar, aprender y convertirnos poco a poco en la persona que estamos llamados a ser.
No necesitamos escoger entre memoria y futuro.
Ambos pueden formar parte de la misma vida. Darnos permiso también forma parte del camino
Con el tiempo he comprendido que algunas veces somos nosotros mismos quienes necesitamos darnos permiso.
Permiso para reír.
Para descansar.
Para celebrar.
Para hacer planes.
Para descubrir una nueva ilusión.
Para disfrutar un día bueno sin sentir que tenemos que justificarlo.
Eso no significa olvidar.
Significa reconocer que seguimos aquí.
Muchas de las reflexiones que terminaron formando parte de Lo que dejas atrás nacieron precisamente de esta experiencia: aceptar que una pérdida puede cambiar nuestra vida sin convertirse necesariamente en el final de todo aquello que todavía podemos vivir.
Lo que permanece también puede caminar con nosotros
Como lo he mencionado, no creo que tengamos que elegir entre conservar el pasado o vivir el presente.
Podemos llevar con nosotros aquello que fue importante sin convertirlo en un lugar donde tengamos que permanecer detenidos. Los recuerdos pueden acompañarnos, el amor puede permanecer y las enseñanzas pueden seguir formando parte de nuestras decisiones mientras continuamos construyendo.
Quizá ésa sea una de las formas más profundas de entender volver a disfrutar después de una pérdida.
No se trata de volver a la vida que teníamos, de olvidar o de sustituir. Se trata de permitir que la vida que todavía tenemos vuelva poco a poco a contener alegría, proyectos, relaciones, esperanza y momentos que también merecen ser vividos.
También nosotros seguimos transformándonos. Podemos confiar en ese camino, avanzar con la frente en alto y aprender a ver lo que tenemos enfrente con un corazón agradecido.
Tal vez la pregunta no sea si tenemos derecho a volver a disfrutar.
Quizá sea algo más sencillo:
¿Qué parte de la vida estás listo para permitirte disfrutar nuevamente?