Educar en valores cuando la vida duele: lo que nuestros hijos aprenden al vernos atravesar momentos difíciles

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Hay valores que podemos explicar muchas veces, pero que nuestros hijos terminan comprendiendo de verdad cuando nos ven vivirlos. La paciencia, la fortaleza, la empatía, la fe o la responsabilidad adquieren otro significado cuando aparecen en medio de una crisis, una pérdida o una situación que no podemos controlar.

Educar en valores cuando la vida duele no significa mostrarles que siempre sabemos qué hacer. Tampoco significa esconder nuestras emociones para transmitirles una imagen de fortaleza.

Muchas veces la enseñanza más importante aparece precisamente cuando nos ven reconocer que algo nos duele, pedir ayuda, equivocarnos, volver a intentar y seguir tomando decisiones desde aquello que consideramos importante.

Hace unos días compartí en Siete24.mx una reflexión sobre educar en valores cuando la vida duele y sobre cómo nuestros hijos aprenden mucho más de lo que observan que de aquello que intentamos explicarles. Quise retomar aquí esa conversación desde un lugar más cercano y práctico: qué pueden aprender de nosotros precisamente cuando nos ven atravesar momentos en los que tampoco tenemos todo resuelto.

Tres reflexiones para llevar contigo

Nuestros hijos aprenden también de la manera en que atravesamos las dificultades. No solamente observan lo que les decimos; prestan atención a cómo reaccionamos cuando algo no sale como esperábamos.

Mostrar vulnerabilidad no elimina nuestra autoridad como padres. Reconocer que estamos tristes, preocupados o cansados puede enseñarles que sentir forma parte de la vida y que no necesitamos esconder nuestras emociones para ser fuertes.

Los valores se vuelven reales cuando encuentran una expresión concreta. El respeto, la empatía, la responsabilidad o la fe adquieren otro significado cuando aparecen en nuestras decisiones cotidianas.

Los valores se enseñan mucho antes de que intentemos explicarlos

Cuando pensamos en educar en valores, quizá imaginamos conversaciones importantes.

Hablar sobre respeto.

Responsabilidad.

Generosidad.

Honestidad.

Fe.

Pero muchas de esas enseñanzas comienzan antes de que pronunciemos una sola palabra.

Educar en valores cuando la vida duele, los niños aprenden de lo que ven

Los hijos observan.

Miran cómo tratamos a otras personas; cómo hablamos de alguien cuando no está presente; cómo reaccionamos frente a una equivocación; cómo enfrentamos una preocupación económica; cómo tratamos a nuestra pareja; cómo respondemos cuando estamos cansados o frustrados.

En esas pequeñas situaciones también estamos educando.

Los valores que transmitimos a nuestros hijos se construyen principalmente en la vida cotidiana.

No porque debamos vivir bajo la presión de hacerlo todo correctamente, sino porque nuestras acciones terminan diciendo mucho sobre aquello que realmente consideramos importante.

También aprenden cuando la vida no sale como esperábamos

Hay momentos en los que resulta relativamente sencillo hablar de paciencia, esperanza o confianza.

El verdadero reto aparece cuando nosotros mismos necesitamos practicarlas.

Una enfermedad.

Una pérdida.

Un problema familiar.

Una dificultad económica.

Una decepción.

Una etapa de incertidumbre.

Nuestros hijos quizá no comprenderán todos los detalles, pero sí perciben que algo está ocurriendo.

Observan cómo respondemos.

Eso no significa que debamos convertir cada dificultad en una lección.

Tampoco tenemos que explicarles cosas que no corresponden a su edad.

Pero sí podemos recordar que incluso durante una etapa complicada siguen aprendiendo de nosotros.

A veces más que nunca.

No necesitamos fingir que estamos bien

Durante mucho tiempo se relacionó la fortaleza con ocultar las emociones.

“No llores.”

“Tienes que ser fuerte.”

“No pasa nada.”

Pero sí pasan cosas.

Y algunas duelen.

Creo que nuestros hijos pueden aprender algo importante cuando descubren que los adultos también sentimos.

Podemos estar tristes y seguir cumpliendo nuestras responsabilidades.

Podemos tener miedo y pedir ayuda.

Podemos no conocer una respuesta y buscarla.

Podemos llorar y continuar adelante.

Educar emocionalmente también significa enseñar que sentir no nos hace débiles.

Lo importante no es negar la emoción.

Es aprender qué hacemos con ella.

Ser vulnerables no significa cargar a nuestros hijos con nuestros problemas

Aquí existe una diferencia importante.

Mostrar nuestras emociones no significa colocar sobre nuestros hijos la responsabilidad de cuidarnos.

Podemos decir:

“Estoy preocupado.”

“Hoy estoy triste.”

“Esto está siendo difícil para mí.”

Sin esperar que ellos tengan que resolverlo.

Los adultos seguimos siendo responsables de buscar nuestras propias redes de apoyo, nuestras conversaciones, nuestra fe y, cuando sea necesario, ayuda profesional.

Eso también educa.

Les muestra que pedir ayuda no es un fracaso.

Que reconocer nuestros límites puede ser una forma de responsabilidad.

Y que cuidarnos también forma parte de cuidar a nuestra familia.

Nuestros hijos no necesitan padres perfectos

Tal vez una de las cargas más grandes de la paternidad sea pensar que debemos hacerlo todo bien.

No es posible.

Nos equivocamos.

Perdemos la paciencia.

Decimos algo que después quisiéramos expresar de otra manera.

Tomamos decisiones que con el tiempo descubrimos que pudieron ser mejores.

Pero nuestros errores también pueden convertirse en espacios de aprendizaje.

Pedir perdón a un hijo no nos hace menos padres.

Reconocer que nos equivocamos tampoco debilita nuestra autoridad.

Puede enseñarle algo mucho más profundo:

Que asumir responsabilidad también es un valor.

Que podemos reparar.

Que las relaciones no dependen de no equivocarnos nunca, sino también de saber qué hacemos después de habernos equivocado.

Los hijos también necesitan construir sus propios recursos

Como padres, una reacción natural es querer proteger.

Queremos evitarles dolor.

Decepciones.

Errores.

Problemas.

Pero no podremos evitarles todo.

Y quizá tampoco deberíamos intentarlo.

Parte de crecer consiste en desarrollar recursos propios para enfrentar aquello que inevitablemente aparecerá.

Acompañar a nuestros hijos también significa permitirles desarrollar sus propios recursos para enfrentar la vida.

Eso puede implicar dejar que resuelvan un conflicto.

Aceptar que alguna vez se equivoquen.

Permitirles asumir consecuencias apropiadas para su edad.

Escuchar sin intervenir inmediatamente.

Estar disponibles sin resolver cada situación por ellos.

Es una forma distinta de acompañar.

Quizá también una de las más difíciles.

La manera en que tratamos a los demás también educa

Hay valores que nuestros hijos observan fuera de la relación directa que tenemos con ellos.

Ven cómo tratamos a quien nos presta un servicio.

Cómo hablamos de las personas que piensan diferente.

Cómo reaccionamos ante alguien que cometió un error.

Cómo tratamos a una persona vulnerable.

Cómo hablamos de nuestros propios familiares.

Ahí también transmitimos una manera de mirar a los demás.

Educar en valores también implica reconocer la dignidad de cada persona en la manera en que nos relacionamos con ella.

Podemos hablar mucho sobre respeto.

Pero nuestros hijos terminan entendiendo qué significa cuando nos ven practicarlo precisamente con quienes no pueden ofrecernos nada a cambio.

La familia puede ser un lugar donde también se aprende a volver a empezar

Ninguna familia atraviesa la vida sin dificultades.

Existen desacuerdos.

Cambios.

Pérdidas.

Enfermedades.

Etapas económicas complicadas.

Decisiones difíciles.

Y también existen momentos en los que una familia necesita reorganizarse.

En Valores familiares en momentos difíciles: lo que aprendí cuando la vida cambió he reflexionado sobre cómo aquello que aprendimos en casa puede convertirse en un punto de apoyo cuando nuestra realidad cambia.

Creo que la familia puede ser un lugar al que regresar cuando la vida se vuelve difícil.

No porque dentro de ella todo esté resuelto.

Sino porque puede convertirse en un espacio donde seguimos siendo recibidos incluso cuando algo en nosotros también necesita reconstruirse.

La fe también puede enseñarse desde las preguntas

Para mí, ésta ha sido otra reflexión importante.

Transmitir la fe no significa enseñar que una persona creyente nunca duda.

Tampoco significa tener una explicación religiosa para cada situación difícil.

Hay preguntas que permanecen.

Silencios.

Momentos en los que simplemente no sabemos.

Quizá nuestros hijos necesitan descubrir también que la fe puede convivir con todo eso.

Transmitir la fe también puede significar enseñar a preguntar, confiar y buscar sentido sin pretender comprenderlo todo.

Cuando nos ven vivir una fe que no necesita negar el dolor, también pueden aprender que creer no significa dejar de sentir.

En Vivir la fe en momentos difíciles: aprender a preguntar sin dejar de confiar he compartido precisamente esa manera de entenderla.

Una fe que acompaña.

Que permite preguntar.

Y que también puede ayudarnos a seguir caminando.

Cuidar nuestro bienestar también es una enseñanza

Los hijos también observan cómo nos tratamos a nosotros mismos.

Si descansamos.

Si sabemos detenernos.

Si buscamos ayuda cuando algo nos rebasa.

Si cuidamos nuestra salud.

Si respetamos nuestros propios límites.

Podemos hablarles mucho sobre bienestar, pero si ellos nos ven vivir permanentemente agotados, ignorando nuestras necesidades y creyendo que cuidarnos es egoísmo, probablemente aprenderán algo muy distinto.

Por eso cuidar nuestro bienestar físico y emocional también puede convertirse en una forma de educar.

No porque debamos convertirnos en el centro de todo.

Sino porque una persona que se cuida también puede estar más disponible para cuidar a los demás.

Lo que hacemos con el dolor también deja una enseñanza

Hay una idea que quiero cuidar especialmente.

No creo que las experiencias difíciles tengan que ocurrir para enseñarnos algo.

Hay dolores que nunca habríamos elegido.

Pérdidas que habríamos querido evitar.

Situaciones que no necesitan justificarse.

Pero una vez que forman parte de nuestra historia podemos decidir qué hacemos con ellas.

Nuestros hijos también pueden aprender de esa decisión.

Pueden descubrir que una persona puede atravesar algo difícil sin quedar definida únicamente por lo ocurrido.

Que puede pedir ayuda.

Adaptarse.

Cambiar.

Seguir amando.

Volver a comenzar.

Transformar una experiencia difícil no significa negar lo vivido, sino decidir cómo queremos seguir viviendo después de ella.

Educar también es dejar una manera de mirar la vida

Con los años nuestros hijos probablemente olvidarán muchas de las cosas que les dijimos.

Pero quizá recuerden otras.

Cómo reaccionábamos cuando alguien necesitaba ayuda.

Si sabíamos pedir perdón.

Cómo enfrentábamos una dificultad.

La manera en que tratábamos a nuestros padres.

Cómo hablábamos de nuestra familia.

Si nuestra fe nos hacía más compasivos.

Si podíamos disfrutar incluso después de atravesar una etapa complicada.

Muchas de las reflexiones que comparto en Lo que dejas atrás tienen que ver precisamente con aquello que permanece en otras personas después de nuestro paso por su vida.

Y quizá ahí exista también una parte profunda de la educación.

No solamente en aquello que enseñamos.

Sino en aquello que dejamos.

Lo que nuestros hijos ven cuando la vida duele

Educar en valores no ocurre solamente durante las conversaciones importantes.

También sucede cuando llegamos cansados a casa.

Cuando debemos tomar una decisión difícil.

Cuando algo nos duele.

Cuando pedimos perdón.

Cuando acompañamos a alguien.

Cuando reconocemos que necesitamos ayuda.

Cuando agradecemos.

Cuando seguimos adelante.

Nuestros hijos no necesitan vernos siempre fuertes.

Necesitan vernos humanos.

Personas que sienten, se equivocan, aprenden, creen, aman y siguen intentando vivir de acuerdo con aquello que consideran importante.

Tal vez educar en valores cuando la vida duele consista también en eso.

No mostrarles una vida sin dificultades.

Sino ayudarles a descubrir, a través de nuestra propia manera de vivir, quiénes podemos elegir ser cuando las dificultades llegan.

Y quizá podamos terminar haciéndonos una pregunta:

Cuando tus hijos te observan atravesar un momento difícil, ¿qué valor te gustaría que aprendieran de tu manera de vivirlo?

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